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29 de enero de 2014

El rol de los organismos de masas en la estrategia socialista

El rol de los organismos de masas en la estrategia socialista a la luz de la revolución
bolivariana en Venezuela. De Nicolas Deambrosi

Resumen
Hay una pregunta que guía nuestro artículo: ¿cuál es el rol de los organismos de la sociedad civil, es decir de los concejos de auto-organización y auto-actividad de la clase en la perspectiva de construcción de hegemonía socialista? Intentando responder a este interrogante, en primer lugar distinguimos populismo y socialismo. Luego, nos adentramos en un debate entre distintas interpretaciones en torno a la revolución bolivariana, el chavismo y el socialismo del siglo XXI. Por último, y a partir de la experiencia venezolana, estudiamos la relación entre hegemonía, estado, transición y sociedad para caracterizar el rol de los organismos de masas en la perspectiva de una estrategia socialista.


1. Populismo y socialismo
Sanmartino (2007) afirma que en el populismo de Laclau (2004) hay una contradicción no resuelta. Nada impide que las formas populistas de la constitución de un pueblo puedanadoptar simbología e ideología socialista, en tanto ella alcance el status de un equivalenteuniversal y se vuelva el significante constituyente de todas las demandas particulares. Si bienLaclau menciona esta posibilidad de un populismo de izquierda como vía de una revolución socialista, sin embargo sus trabajos fundamentales están orientados a demostrar que una perspectiva clasista es estrecha e incapaz para alcanzar un ampliación de la cadena de equivalencias. Esto lo lleva a reivindicar aquellas tentativas de eliminar el contenido clasista (el PC italiano de Togliatti con la política de frente popular de la segunda posguerra). En la lógica de la articulación populista, el principio general no explicitado de Laclau es la coalición policlasista y la erradicación del antagonismo clasista. “Mientras en teoría el socialismo sería el populismo químicamente puro, en la práctica fue eliminado como horizonte social e instrumento político” (Sanmartino, 2007). En la experiencia práctica en relación al estado capitalista, el populismo ha sido más continuidad que ruptura y en muchas ocasiones hasta ha logrado reabsorber y reconducir las demandas populares. Una democracia radical (objetivo explícito del posmarxismo) sólo sería posible si son removidos los obstáculos estructurales que reproducen las condiciones del acceso desigual a la contienda arena política: la capacidad de apropiación del excedente social asegurado por la propiedad de los medios de producción de la clase capitalista. Por ello, para Sanmartino una perspectiva socialista sería la única variante de asegurar una democracia radicalizada, debilitando la alienación y el antagonismo de clase. El populismo nunca representó el antagonismo contra todo tipo de opresión y dominación. De allí que populismo y socialismo son proyectos estratégicos distintos.

2. La experiencia venezolana en debate
En 1917 Lenin abandonó su programa original y concedió la posibilidad de un reparto individual de tierras a los campesinos. Si bien le valió un áspero debate al interior del socialismo, frente a los campesinos Lenin negoció y logró hacer avanzar su programa socialista. Con este ejemplo, Sanmartino recalca la importancia de comprender el campo de las opciones posibles que se encuentran determinadas por la historia y la coyuntura política. Lo mismo sucedió con el programa de Lenin sobre el derecho a la autodeterminación nacional, el cual también fue criticado por muchos socialistas por “claudicación al nacionalismo burgués”. Pero el líder bolchevique tenía presente, dice el autor, a la estructura de lo posible en la conciencia de las masas. Frente a la presión zarista, la autodeterminación de las naciones oprimidas por el imperio ruso constituía una opción política realista y emancipadora la cual al mismo tiempo la burguesía nacional desea capitalizar. En este escenario un internacionalismo abstracto constituiría una perspectiva reaccionaria dado que no se estaría situando la conciencia de clase internacional en las condiciones de posibilidad reales dónde se podría manifestar. ¿Por qué hacer esta diatriba por la experiencia rusa? Dado que Sanmartino rescata “el papel de lo nacional” en tanto contenido social en disputa, Venezuela se presentaría como una nueva situación de “conciencia posible”. El autor señala que las masas optaron por un bloque “de causa nacional” liderado por Chávez frente a un bloque institucional corrupto y subordinado al FMI y el imperialismo. Sostiene Sanmartino que una oposición al liderazgo chavista “en nombre de un socialismo materialmente inexistente, reproduce ese tipo de cortocircuito entre la doctrina y la conciencia posible de un movimiento real” (Sanmartino, 2007). La ideología no es “falsa” ni “verdadera”, es orgánica cuando adquiere consenso histórico constituyéndose como fuerza activa que organiza las vidas de millones a través de una “visión del mundo”. Y es eficaz históricamente en relación a la emancipación social. La rearticulación de un sentido común potencialmente crítico nace de la experiencia vital pero no puede realizarse sin que existan intelectuales orgánicos y parte de esa masa popular. Para Sanmartino el papel preponderante del estado en el proceso venezolano demuestra la vitalidad de las formaciones populistas en nuestro continente. La relación asimétrica entre estado y clases populares desató un proceso de retroalimentación abierta que abre la posibilidad de un desarrollo considerablemente más autónomo de las clases explotadas, condición indispensable para cualquier proyecto socialista. Pero en relación al debate sobre el socialismo desde abajo, en Venezuela conviven una tendencia revolucionaria y otra conservadora, en un difícil equilibrio. La tendencia conservadora es de carácter cesarista, reproduce la subordinación del movimiento a la toma de decisiones del líder unipersonal, mientras oscurece la orientación anti-capitalista. Esto dificulta y bloquea la reorganización social y productiva no rentística, preservando altos niveles de desigualdad y pobreza. 

El desafío para la tendencia revolucionaria sería sobrepasar al populismo en el marco del terreno concreto dónde se desenvuelve el conflicto: recuperación de identidad nacional popular antiimperialista, recomposición de sujetos populares vía movimiento bolivariano, percepción popular de un liderazgo populista como motor de iniciativas radicales y de ampliación del espacio de intervención de las masas, y participación y acción de las masas en momentos críticos. Para Sanmartino se trata de distinguir estratégicamente el contenido distintivo entre socialismo y populismo, a la vez que comprender su entrecruzamiento. Desde el campo de la izquierda pero en otra perspectiva política, Manzana (2013) realiza una polémica crítica a la posición que expresaría Sanmartino.

La tesis fuerte de Manzana es que en el plano de la política internacional se observa la naturaleza de clase del chavismo, apoyando al presidente iraní Ahmadineyad, a Kirchner y al mandatario nicaragüense Ortega. El chavismo sería la expresión de una burocracia estatal de un estado capitalista. Manzana hace hincapié en la importancia, para el movimiento anti-capitalista, de valorar las luchas de masas por libertades públicas y por la democracia política. Confusión y ambigüedad recorrió a gran parte de la izquierda latinoamericana en relación a la lucha democrática de los pueblos árabes, más aún en el momento en que la dirección venezolana y cubana apoyaron a los dictadores de aquella región. Por eso el autor inicia su debate criticando el apoyo público e incondicional que hiciera Chávez (y luego acompañado por los demás miembros del ALB) a Gadafi y Al-Assad.

Manzana caracteriza que Venezuela está viviendo un largo y profundo proceso revolucionario, registrándose una agudización de la lucha de clases y la irrupción masiva de trabajadores y el pueblo en la actividad política a través de álgidas instancias de autoactividad y agrupamiento en organismos autónomos. La mayoría de estos movimientos y organismos fueron impulsados desde arriba, desde un gobierno que a la par intenta controlarlos. En síntesis, según Manzana asistimos en Venezuela a la emergencia de “doble poder” (ver sección siguiente). 

Otro elemento que aporta Manzana al debate es la distinción entre el proceso revolucionario y su dirección. Podría pensarse que una acción de la dirección revolucionaria (p. ej.: Chávez apoyando a Gadafi) no invalida a todo el proceso en su conjunto. Pero para el caso del proceso revolucionario venezolano es indiscutible y determinante el papel de su dirección (Chávez). Incluso dicho proceso se ha ido desarrollando a la sombra de su gobierno. Haciendo un brevísimo repaso histórico, Manzana sostiene que la política económica estatalista de Chávez se remonta a los ´70, momento en que la burguesía venezolana emprendió un proceso de estatizaciones que comenzó por la industria petrolera y el cual convirtió al estado en un poderoso actor económico. En los años ´80 la mayoría de la burguesía tomó una orientación privatista. Manzana propone evaluar la aparición de Chávez como expresión de sectores al interior del estado opuestos a este curso. Mientras que el estatalismo y el nacionalismo de Chávez en los ´90 fueron de corte “defensivo”, la fortaleza política de su gobierno en la primera década del siglo se vio favorecida por la brusca suba del precio del petróleo permitiéndole obtener altos ingresos sin aumentar la producción ni la exportación del crudo. Esta perspectiva estatista y la favorable situación económica, le permitió al gobierno chavista implementar una política de distribución del ingreso y de mejora en el nivel de vida de sectores populares: clase trabajadora, subocupados, cuentapropistas y desocupados.

El autor apunta que la conformación de los organismos de autoorganización de los trabajadores y el pueblo fue “catalizado” desde arriba: desde las Fuerzas Armadas (recordar intento de golpe de Estado de Chávez en 1992). Si bien el Caracazo de 1989 es un antecedente fundamental, ese estallido social no tuvo continuidad ni se cristalizó en movilización ni autoorganización de las masas sistemática y sólida. Incluso desde el inicio del gobierno chavista todo estuvo mediado por mecanismos institucionales de la democracia capitalista. El salto “político” se da con el intento de golpe de estado de buena parte de la burguesía en el 2002 y la reacción popular, momento en el cual Manzana identifica el giro hacia la izquierda del gobierno. Por un lado, el gobierno se apoya en la movilización directa de la clase trabajadora impulsando la autoorganización, la autogestión y el control obrero. Por otro lado, y al mismo tiempo que profundiza su orientación estatista, confronta abiertamente con EEUU y dinamiza decididamente una política de integración latinoamericana. Aparece en el discurso el “socialismo del siglo XXI” y críticas al capitalismo.

En la actual situación revolucionaria el papel del gobierno ha sido contradictorio: Chávez impulsa el doble poder y al mismo tiempo intenta controlarlo (vía un movimiento bolivariano burocratizado). “Capitalismo de Estado”. Así caracteriza Manzana al chavismo. Bajo este estado florece la boliburguesía: burocracias que arman empresas propias aprovechando privilegios en altas esferas del poder estatal. Por eso para el autor es irreconciliable reivindicar a Chávez y al chavismo y al mismo tiempo adoptar una praxis anticapitalista basada en la autonomía de los trabajadores. El chavismo (y el castrismo) serían, a lo sumo, expresiones del socialismo desde arriba.

Manzana crítica a aquellos sectores de izquierda que afirman que en Venezuela se superó el capitalismo y ya estamos en presencia del socialismo del siglo XXI. El estado venezolano sigue siendo capitalista con fuerte impronta estatal, aunque no descarta que en un futuro el proceso transite hacia la izquierda y llegue a consolidar un estado poscapitalista. En esta orientación, debería darse una ruptura con la burguesía incluso por parte del propio gobierno chavista. “Todo dependerá de la lucha de clases” (Manzana, 2012).

¿Cuáles son las tareas de los revolucionarios venezolanos? Manzana responde: “colaborar con los trabajadores y el pueblo en impulsar y fortalecer ese potente contrapoder que se ha desarrollado en los últimos años”. Además, “ese proceso de desarrollo y crecimiento de los organismos populares y la consiguiente acción autodeterminada de las masas, debe encaminarse hacia una revolución política, derribando el actual Estado burgués y constituyendo en su lugar un Estado obrero revolucionario” (Manzana, 2012). Esta afirmación nos da el pie para iniciar el siguiente apartado.

3. Hegemonía, sociedad civil, estado. Los organismos de masas en la lucha política de la clase trabajadora. ¿Transición al socialismo?

En esta sección intentaremos retomar algunas elaboraciones teóricas para acercarnos a una posición respecto del rol de los organismos de masas en la lucha política por el socialismo, en el marco del despliegue de hegemonía por parte de los trabajadores.

Según Pereyra (1979), Gramsci es uno de los primeros en plantear el cambio revolucionario allí dónde comienzan a generalizarse relaciones de producción capitalista y también dónde las formas burguesas son una realidad dominante en todos los planos (binomio “orienteoccidente”). El revolucionario italiano emplea el término “sociedad civil” para dar cuenta del complejo institucional donde se organiza el enfrentamiento ideológico y político de las clases sociales: partidos políticos, sindicatos, medios de comunicación, congregaciones religiosas, agrupaciones empresariales, centros educativos, colegios, profesionales y variadas agrupaciones sociales.

Pereyra recalca: los distintas organismos de la sociedad civil no son “aparatos ideológicos de Estado” sino instituciones ideológico-políticas cuyo funcionamiento se despega de las indicaciones gubernamentales y son, por lo tanto, espacios abiertos a la lucha de clases. El lugar cotidiano del despliegue de la confrontación donde se acumulan fuerzas y se realizan cambios correlativos es el conformado por las instituciones de la sociedad civil. En este tejido social no está definido de antemano el grado de subordinación ni establecido de una vez para siempre el peso de las diferentes clases. Justamente el problema radica en precisar el grado de autonomía de la sociedad civil respecto de la actividad estatal. Aunque aclara: sólo en coyunturas excepcionales la confrontación social se realiza en referencia inmediata y directa al poder central del Estado.

Pereyra afirma que Gramsci complejiza la concepción de Estado que sólo hace foco en su carácter de aparato represivo, advirtiendo que la función de garantizar la reproducción de las relaciones sociales dominantes la ejerce también a través del consenso y la dirección hegemónica. La táctica de guerra de movimientos surge de la concepción de la transformación social como acción de masas y no como asalto “jacobino” de un pequeño grupo. Esta situación de acción de masas supone que los trabajadores ya hayan conquistado posiciones solidas en la sociedad civil (doble poder), que ya sean dirigentes antes de conquistar el poder gubernamental (condición fundamental para la conquista del poder.

El “doble poder” o poder dual refiere a un momento en el desarrollo de la lucha de clases en el cual confluye la acumulación de fuerzas de organismos independientes de la clase obrera y sectores populares (construidos antes de la toma del poder) y se erigen en confrontación ante el poder de la burguesía. El doble poder está íntimamente ligado al desarrollo de la conciencia y la acción de las masas: “No hay ninguna clase histórica que pase de la situación de subordinada a la de dominadora súbitamente, de la noche a la mañana, aunque esta noche sea la de la revolución. Es necesario que ya en la víspera ocupe una situación de extraordinaria independencia con respecto a la clase oficialmente dominante; más aún, es preciso que en ella se concentren las esperanzas de las clases y de las capas intermedias, descontentas con lo existente, pero incapaces de desempeñar un papel propio. La preparación histórica de la revolución conduce, en el período
prerrevolucionario, a una situación en la cual la clase llamada a implantar el nuevo sistema social, si bien no es aún dueña del país, reúne de hecho en sus manos una parte considerable del poder del Estado, mientras que el aparato oficial de este último sigue aún en manos de sus antiguos detentadores. De aquí arranca la dualidad de poderes de toda revolución” (Trostky, 2012, p. 195).

Los comités o soviets es dónde se establece de hecho la dualidad de poder, los cuales sólo pueden nacer si el movimiento de las masas entra en una etapa abiertamente revolucionaria. En la perspectiva trotskista la dualidad del poder es a su vez el punto culminante del período de transición (Trostky, 1938).

Como decíamos anteriormente, en la concepción gramsciana el estado socialista existe ya potencialmente en las instituciones de la vida social características de la clase obrera (p. ej.: concejos). La tarea residiría en:
“relacionar estos institutos entre ellos, coordinarlos y subordinarlos en una jerarquía de competencias y de poderes, concentrarlos intensamente, aún respetando las necesarias autonomías y articulaciones; crear ya desde ahora una verdadera y propia democracia obrera en contraposición eficiente y activa con el Estado burgués, preparada ya dese ahora para sustituir al Estado burgués en todas sus funciones esenciales de gestión y de dominio del patrimonio nacional” (Gramsci, 2012, p.12)

Resulta interesante analizar la relación entre concejos y gobierno burgués. El caso de Alemania y Austria en 1918 es un interesante aprendizaje acerca del destino de la política de integrar el doble poder de los concejos obreros con el poder estatal burgués (línea de los austromarxistas). El resultado: sobrevivencia y consolidación del estado burgués y debilitamiento progresivo (hasta la desaparición) de los concejos. El mismo Denis (citado en Manzana, 2012), ex funcionario del chavismo, plantea que el estado y la burocracia en Venezuela pueden convertirse en un obstáculo para la construcción de un poder revolucionario.

En el Consejo de Ministros del 20 de octubre de 2012 Chávez anunció un golpe de timón (Chávez, 2012). Allí el líder venezolano planteó que el socialismo es esencialmente democrático mientras que el capitalismo es anti-democrático, excluyente y orientado por la imposición del capital y sus élites.

¿Cómo se imagina Chávez el Estado Transicional? Siguiendo a Giordani (citado en Chávez, 2012) señaló que la transformación de la base económica del país es el factor determinante de la transición. Esta transformación productiva consistiría en: 1. Democratización del poder económico, 2. Cambio del rol del Estado orientándolo a la satisfacción de necesidades, 3. Autogestión productiva a nivel colectivo, 4. Planificación democrática de las relaciones productivas, 5. Autonomía del país frente a la internacionalización del capital. En definitiva, se trata de consolidar, dinamizar y profundizar la revolución política de cara a la liberación política, para desde allí emprender la revolución económica.

Resulta evidente (no sólo por las citas) sino por el contenido de su programa, el rescate que hace Chávez de Mèszàros: “Un sistema productivo que quiere activar la participación plena de los productores asociados, los trabajadores, requiere de una multiplicidad de procesadores “paralelos”, coordinados de la manera adecuada, así como de un correspondiente sistema operativo que sea radicalmente diferente a la alternativa operada de manera central, trátese de la economía dirigida capitalista o de sus bien conocidas variedades poscapitalistas presentadas engañosamente como “planificación” (Chavez, 2012).

El socialismo del siglo XXI debe ser algo verdaderamente nuevo y profundamente democrático para que no pueda ser absorbido por el capitalismo. En ese sentido la importancia de la consigna “¡Comuna o Nada!”. El socialismo no se decreta a través del estado, sino que es una construcción de las masas con protagonismo y poder popular. “¿Acaso las comunas es sólo para el Ministerio de las Comunas?”, se pregunta Chávez
.
Modesto Guerrero (2013) interpreta que el Estado Comunal es la forma institucional de carácter transicional que debe asumir una nueva relación social de clases al interior del país, determinada por la acumulación de fuerzas de aquellos organismos de masas que realizan la organización, la lucha y la producción de los explotados y oprimidos de Venezuela. Al mismo tiempo, esta configuración implica una nueva relación política de fuerzas con el poder establecido bajo comando de la burocracia estatal y la boliburguesía. El Estado Comunal es la continuidad o el final del chavismo. Ante la consigna “Comuna o nada” no habría posibilidad de retroceder por las sendas de la socialdemocracia ni del neodesarrollismo.

A luz del reciente censo de Comunas, Consejos Comunales, Salas de Batalla Social y movimientos sociales, Guerrero destaca el crecimiento del poder popular en Venezuela. Fueron contabilizadas 71.521 instituciones sociales. Estimando la cantidad de militantes chavistas y pobladores que participan de estos organismos el número llega a unos 2 millones 250 mil personas1. Se trata de organismos de masas dónde todos los que participan son trabajadores y trabajadoras. Guerreo estima que una Comuna agrupa alrededor de 120 personas promedio en cada reunión, los Consejos Comunales unos 30 activistas promedio, las Salas de Batalla Social unos 15 miembros regularmente.

Guerreo admite que el poder social y autoorganización de las masas desatado en el 2002 aún no adquirió un carácter orgánico en lo político-institucional ni tampoco una centralización nacional ni un programa común. Según el autor, la desaparición de Chávez en tanto líder del movimiento aceleró la conciencia de los sectores organizados del proceso bolivariano en vistas a trascender el poder local difuso y reivindicativo. Sin embargo, es un proceso subterráneo y contradictorio de construcción de poder popular. Hay diferentes miradas sobre el poder popular: “para muchos, el llamado poder popular debe servir para aumentar la producción; para otros, debe tener la función de sostener la gobernabilidad y nada más, y luego están los que comienzan a aprender que puede constituir la base social de una nueva democracia política y un sistema institucional que facilite la transición al socialismo” (Guerrero, 2013).

Queda pendiente para futuros trabajos afinar la caracterización de la transición y analizar la perspectiva argentina y latinoamericana en relación a la experiencia venezolana.

N.D. Octubre 2013

Bibliografía
CHÁVEZ FRÍAS, Hugo: 2012: “Golpe de timón. I Consejo de Ministros del nuevo ciclo de la Revolución Bolivariana”. Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información. Gobierno Bolivariano de Venezuela. Caracas-Venezuela. Disponible en: http://www.minci.gob.ve/2013/03/golpe-de-timon/
GUERRERO, Modesto Emilio: 2013: “El poder popular después de Chávez”. Disponible en: http://www.aporrea.org/poderpopular/a173997.html
GRAMSCI, Antonio: 2012 (1919): “Democracia obrera”. En Gómez, Sebastián et al: Consejismo: selección. La Plata. La Caldera.
LACLAU, Ernesto y Mouffe, Chantal: 2004 (1987): Hegemonía y estrategia socialista. FCE. Buenos Aires.
MANZANA, Ernesto: 2012: “Crítica al libro Los desafíos de la transición de Aldo Casas. Más algunas reflexiones en torno a Hugo Chávez y sus `amistades peligrosas` (2nda parte)”. Disponible en: http://www.democraciasocialista.org/?p=1541
PEREYRA, Carlos: 1979: “Gramsci: Estado y Sociedad Civil”. Cuadernos Políticos. Número 21. Mexico D.F. Editorial Era. Julio-septiembre de 1979. pp. 66-74.
SANMARTINO, Jorge: 2007: “Populismo y estrategia socialista en América Latina”.
Disponible es: http://www.aporrea.org/ideologia/a36864.html
TROTSKY, León: 2012: Historia de la revolución rusa. 2nda edición. Buenos Aires. RyR.
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