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29 de abril de 2014

Y ahora ¿a dónde vamos?

A dónde vamos edit finalHoja de Coyuntura, Abril-Mayo 2014. Estamos en crisis. En verdad, en una superposición de varias. La del  kirchnerismo, superpuesta a la del modelo de acumulación en nuestro país, superpuesta a la crisis económica del primer mundo a partir del 2008. Pero estas crisis de las clases dominantes no pueden hacernos olvidar que nosotrxs (lxs trabajadorxs) venimos de una crisis aún más dura, de perspectiva revolucionaria, producto de las diversas derrotas que sufrimos.


Para convertir estas crisis en oportunidades, debemos retomar en nuestra situación la hebra de la revolución. Una hebra que late entre los escombros que podemos penetrar haciendo “análisis concreto de la situación concreta”.

¿Qué pasa por afuera?

Los últimos indicadores económicos en relación con la crisis mundial empiezan a revelar indicios de recuperación de la acumulación de capital en el mundo desarrollado.


Por medio de un aumento de la explotación laboral, Estados Unidos consolida su recuperación y se detiene la caída de España y Grecia, pasando Europa de conjunto a una situación de estancamiento económico, pero con tendencia al crecimiento (con mayores niveles de pobreza y desigualdad). Sin embargo, esta estabilización está acompañada por la persistencia de la desaceleración económica en los BRICS. De conjunto, entonces, la economía mundial seguirá con un crecimiento débil expuesto a posibles repuntes de la crisis mundial.


En términos políticos, resalta como tema candente el conflicto en Ucrania. Luego de la anexión de la península de Crimea a Rusia, en otras provincias de la industrial región del este de Ucrania persisten levantamientos que podrían culminar en la anexión de un tercio del territorio ucraniano a Rusia. El balance global de fuerzas parece indicar una profundización de la polarización en las relaciones internacionales, con un polo conformado por EEUU y la UE, y otro conformado por Rusia y China. Cabe señalar que –por motivos distintos- la conducción de ambos polos es netamente burguesa, sin asomar en ninguno de ellos una alternativa política de lxs trabajadorxs, aunque en todos ellos lxs trabajadorxs disputan el poder en términos de “acumulación de fuerzas”.


La situación económica en América Latina es dispar. Luego de la crisis del neoliberalismo y el recambio de varios gobiernos que puso un freno a la avanzada yanqui en América Latina, hoy el sector proyanqui que conforma la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, México, Perú) se muestra como el más dinámico, luego de haber avanzado en un par de años en acuerdos que en el Mercosur tardaron unos veinte. El crecimiento de las economías del Mercosur se está desacelerando, y la crisis económica y política en Venezuela ha puesto un freno al avance del ALBA. La perspectiva de una mayor preponderancia de las relaciones comerciales a través del Océano Pacífico, por la pujanza de China y Estados Unidos, otorga además a la Alianza del Pacífico una ventaja estratégica por demás significativa.


En este contexto, la situación en Venezuela está en el foco del interés y la preocupación para el conjunto de los revolucionarios del continente. El sector más oligárquico de la burguesía venezolana, apoyado por el imperialismo yanqui, ha desatado –con el apoyo de una fracción importante del movimiento estudiantil- una dura ofensiva contra el gobierno de Maduro. La crisis económica, por su parte, no tiene perspectivas de resolución, en la medida en que la capacidad del chavismo y del movimiento popular en general de desarrollar las fuerzas productivas bajo nuevas relaciones de producción se ven limitadas en la actual situación. De allí que no se vean perspectivas de solución a problemas como la inflación y el desabastecimiento, lo cual  genera un descontento popular que puede ser capitalizado por la derecha. Ante esta situación, el gobierno de Maduro, en lugar de enfrentar de manera directa a la burguesía, decidió apostar a un acuerdo de paz con los sectores menos reaccionarios, y ha empezado a adoptar medidas económicas "pragmáticas" u ortodoxas para contener la crisis (por ejemplo, una nueva devaluación).

Sin dejar de contemplar las dificultades que puede haber en Venezuela, por la crisis y la correlación de fuerzas, para avanzar en una radicalización por izquierda del proceso bolivariano, nos parece preocupante el curso que ha adoptado el gobierno de Maduro. Profundizar la estrategia de la conciliación implica lavarle la cara a dirigentes de la derecha como Capriles, y no afrontar directamente, en un sentido socialista, las causas de la crisis económica. Esto acrecentará la confusión y la desorganización de la militancia chavista, consolidará en el poder a los sectores nacionalistas del chavismo en desmedro de la vanguardia anticapitalista, y acrecentará la base de apoyo popular de la derecha al no atacar las causas estructurales del malestar económico.


Argentina: perspectiva económica y reacomodamiento político.



En nuestras últimas Hojas de Coyuntura habíamos planteado el problema de la devaluación, y la estrategia a seguir por parte del gobierno ante este escenario. En general, los últimos datos apuntan a una estrategia de pactos y componendas con sectores del poder económico con los que anteriormente había sostenido enfrentamientos parciales: reuniones que prometen un próximo acuerdo para financiar la deuda con el Club de París, acuerdos con distintas multinacionales para inversiones en Vaca Muerta, acuerdo con Repsol sobre la indemnización de la expropiación parcial de YPF, enmarcados globalmente en distender la regulación estatal sobre los capitales.

Asimismo, si la negativa de la burguesía agraria a vender al precio oficial del dólar fue uno de los principales detonantes de la devaluación en enero, en este momento ésta vende sin mayores problemas y entran al país numerosas divisas de la soja que contribuyen a la necesidad nacional de dólares.


Un escenario de estabilización relativa parece asomar después del sacudón económico de la devaluación. La incógnita principal es qué sucederá en agosto, donde el problema cambiario se volverá a plantear. El escenario más probable es una nueva devaluación gradual, que el gobierno por el momento parece estar frenando con el objetivo de cerrar las paritarias a la baja.

Pero este tipo de estabilización requiere de una caída sostenida en el salario real y los ingresos en general de lxs trabajadorxs, de modo de mantener márgenes altos de competitividad (ganancias) para amplias fracciones del capital local, sin hacer uso para ello de la renta de la tierra. Este marco generará nuevos escenarios de lucha y organización popular para dar respuesta a esta ofensiva.

La dureza del ajuste en curso se entiende ante el dilema del capital productivo local frente a la evolución del mercado mundial. A diferencia de las materias primas, los bienes industriales están permanentemente al borde de una crisis de sobreproducción. Un Mercosur “protegido” ampliaría cinco veces la escala del mercado interno argentino, dándole una sobrevida a las ramas de la industria local menos competitiva. Pero la inminente firma de un tratado de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, muestra que tanto el PT brasileño como el kirchnerismo siguen (más allá del discurso) junto a las burguesías industriales locales su camino histórico: subordinar –cada vez más- la economía a fracciones del capital extranjero, "renunciando” al capitalismo nacional autónomo que tanto declamaban Néstor y Cristina. En el caso argentino, se limitan a mantener aranceles proteccionistas para la industria textil y del software, exponiendo así a vastos sectores, como la industria automotriz y el ensamble de productos electrónicos. A las dificultades propias de la crisis, entonces, se le agrega un nuevo elemento que probablemente implique cierre de fábricas, despidos, y nuevas luchas de lxs trabajadorxs.


En este marco, el gobierno se dispone a enfrentar el último tramo de su gobierno a partir de un diagnóstico de “derechización” de la sociedad, y un acomodamiento de su propia fuerza a esta supuesta realidad. Pero no setrata sólo de una movida demagógica, sino que aquellos “datos duros” económicos llevan a que el gobierno no pueda sostener las ganancias capitalistas sin una intensificación de la lucha de clases, con una mayor represión estatal a los que nos organizamos por abajo para enfrentar el ajuste, la inflación y los despidos. No es casual que la Ley antipiquetes haya sido propuesta después de un paro en el que los piquetes de sectores de trabajadorxs con posiciones de izquierda tuvieron un gran protagonismo.


El actual rumbo del gobierno es compartido por todas las fuerzas con posibilidades de pelear la sucesión presidencial. El referente apoyado por el kirchnerismo “puro” de Unidos y Organizados, Sergio Urribarri, apoya por supuesto este rumbo, aunque sus chances electorales parecen escasas. Daniel Scioli aparece con más posibilidades, buscando mostrarse hacia la sociedad con una agenda firme sobre temas sensibles como la seguridad (con un plan inmenso de reclutamiento para la Bonaerense, y de reforzamiento del aparato represivo en general) y el intento de impedir que funcionarios y dirigentes sigan migrando del redil hacia el massismo. Sergio Massa, por otro lado, parece reforzarse levemente con una captación lenta pero firme de más funcionarios que vienen del PJ/FPV, y refuerza acuerdos con una parte de la burocracia sindical, en una dinámica que no deja de ser contradictoria y con cierto costo político para su armado. En cuanto a la oposición no peronista, en estos días terminó de cristalizar el armado del Frente Amplio UNEN, con desacuerdos sobre si sumar al PRO de Mauricio Macri (propuesta que ya cuenta con el aval de Carrió, Sanz y Cobos), o al menos tejer un acuerdo para la segunda vuelta. Este frente termina de desdibujar a las fuerzas tradicionales de centroizquierda, dejando vacante un espacio político que puede volver a ser capitalizado por una fuerza de izquierda como lo hizo el FIT en las elecciones de 2013. Debemos señalar que un reagrupamiento con las esquirlas del FAP y Proyecto Sur, que se fueron disconformes con el frente UNEN, sería ineficaz para dar peleas y articular una fuerza social que represente los intereses de la clase.


El paro del 10 y la respuesta por abajo


Tras la devaluación se proyecta una inflación cercana al 40%. El objetivo del gobierno es fijar un techo a los aumentos salariales que no supere el 30%, buscando entonces contener la inflación con un ajuste al salario de lxs trabajadorxs. En anteriores Hojas de Coyuntura señalamos que si bien no estamos en condiciones de dar luchas como clase trabajadora para recuperar por completo la pérdida de nuestros salarios, sí podemos conquistar aumentos por encima del techo que quiere imponer el gobierno. Así, si bien gremios afines al FPV, como metalúrgicos, bancarios, construcción y comercio, cerraron acuerdos respetando el techo salarial, la lucha docente en la Provincia de Buenos Aires logró superarlo y el gremio de aceiteros (con una conducción antiburocrática) consiguió un 38%, así como los portuarios de Rosario un 44%, mientras conducciones gremiales con comisiones internas antiburocráticas se ven forzados a exigir cifras cercanas a ellas (sin contar a conducciones antikirchneristas que reclaman altos aumentos sin tener una preocupación genuina por lxs trabajadorxs).


En este contexto de mayor propensión a las luchas reivindicativas, el paro del 10 de abril acompañado de piquetes ha señalado que la clase trabajadora puede parar la sociedad. Esto es un hecho significativo en sí mismo, para la sociedad en general y para lxs trabajadorxs en particular.

​El paro fue llamado por las conducciones de tres centrales sindicales, aunque con claro protagonismo por parte del tándem Moyano-Barrionuevo, al cual se suma un segundo tándem Fernández-Maturano (UTA-La Fraternidad).


Estos pugnan por un peronismo hacia la derecha, pero su apuesta (sobre todo en el caso de Moyano), es no sumarse por el momento al armado de ninguno de los presidenciables peronistas, coqueteando con todos hasta ver quién le ofrece un mejor lugar. Las consignas mismas del paro eran ambiguas, mezclando reclamos legítimos de la clase trabajadora con puntos de la agenda de la derecha (contra la inflación, contra la inseguridad), e incorporando marginalmente y a último momento a la mitad de la clase trabajadora, que gana menos de 5.000 pesos (contra la precarización y por la suba del salario mínimo).


Ante ello las fuerzas de izquierda promovimos en los lugares de trabajo piquetes que dieron un cariz activo al paro. Estos piquetes –y la izquierda- fueron atacados por todo el arco de las fuerzas sociales conducidas por la burguesía, incluyendo los medios de comunicación y las conducciones de las centrales sindicales. Pero el resultado de esa confrontación fue algo así como un empate.


Con avances y retrocesos, vamos construyendo una fuerza social transformadora, en la confluencia de las luchas de numerosas fracciones populares, sindicatos de base, comisiones internas, listas opositoras, centros de estudiantes, movimientos de desocupados, medios alternativos, organismos de derechos humanos. En fin, un amplio arco de quienes -en ocasiones, como en el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia- confluimos orgánicamente.


Este bloque por supuesto puso en primer lugar un eje de solidaridad de clase, peleando por subir el salario mínimo y la descriminalización de la protesta, con el caso destacado del exigir la absolución de los petroleros de Las Heras condenados a cadena perpetua.


Sabemos que ni Moyano ni Barrionuevo aspiran a conducir una fuerza social transformadora, sino a llevar agua para el molino de la fuerza política que les ofrezcan mejores condiciones a lo sumo corporativas. Pero la acción social en concreto es siempre fruto del cruce de múltiples fuerzas actuantes. Con esta lógica, el paro del 10 tuvo un contenido que va mucho más allá de un paro manipulado por algunos actores.


Desde la izquierda disputamos el carácter del paro e influimos con fuerza en él. Creemos que esta coyuntura nos impone la necesidad de avanzar en mayor unidad de acción para la lucha reivindicativa. En un contexto de fuerte avance contra el salario de lxs trabajadorxs y de posible escalada represiva, es irresponsable que las fuerzas de izquierda antepongan a ello sus disputas mezquinas. Consideramos que son los partidos del FIT quienes tienen la mayor responsabilidad a la hora de superar los vicios que conducen a la fragmentación de esos espacios. Sin embargo, desde la Nueva Izquierda debemos hacer nuestro aporte para que nuestras críticas de las prácticas de los partidos de izquierda tradicional no impliquen un sectarismo reflejo que obstaculice la unidad de acción de la vanguardia combativa de nuestra clase.


A su vez, creemos que el aporte que puede hacer el FIT a esa unidad reivindicativa gremial y política, no llega a una disputa del poder del capital en los aspectos más estructurantes de nuestra sociedad. Para que las luchas actuales prefiguren un cambio en las relaciones de poder, como Nueva Izquierda debemos hacer nuestro aporte en ese sentido, hacia la superación de la crisis de horizonte estratégico que nos recorre a todos. Para la constitución de una herramienta política de los de abajo, que pueda ofrecer al pueblo una clara salida por izquierda de esta crisis, el desarrollo de una Nueva Izquierda es indispensable.


La Caldera
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