Hoja de Coyuntura Nº8 - Diciembre 2014.
El capitalismo mundial sigue en un proceso de reconfiguración por arriba. La prolongación de la crisis en Europa y EEUU lleva ya siete años. Los países emergentes, por su parte, vienen sosteniendo un crecimiento superior al de aquellos, si bien tienden a desacelerarse. Este crecimiento, no obstante, está muy imbricado con las transnacionales occidentales que invierten en esos países emergentes.
En los noventa, la tendencia histórica y estructural del capital a su expansión parecía dar un salto definitivo con la globalización capitalista neoliberal y el “nuevo orden mundial” con un consenso que aparecía como absoluto. El libre mercado y la democracia liberal tendrían un gendarme y juez mundial legítimo en los EEUU, el G-7 y una serie de organismos internacionales controlados por ellos. Pero mientras ese orden iba siendo cuestionado desde abajo, la globalización real llevó a un creciente peso de los estados emergentes, especialmente de aquellos nucleados en el BRICS. La deslocalización de las transnacionales occidentales a los países emergentes fortaleció la acumulación de capital en estos países, en la medida en que ofrecían bajos costos de producción y, por tanto, competitividad internacional.
La tendencia al multilateralismo que resulta de ese movimiento mundial consiste en la emergencia de sub imperialismos en pugna con EEUU y la Unión Europea, y por tanto en la vuelta a las pugnas interimperialistas, aunque éstas no parezcan desarrollarse en lo inmediato hacia un escenario de guerra entre potencias. Al mismo tiempo, la acumulación capitalista en los emergentes ha ido dando paso a una expansión de la industrialización y de los trabajadores con mayor calificación manual e intelectual. En cambio, en los países centrales la desigualdad social ha retornado a los grandes niveles previos a la segunda guerra mundial, como lo muestra el mediático libro de Picketty.
De conjunto se observa una tendencia a la sobreproducción mundial, simbolizada hoy en el derrumbe del precio del petróleo, tras el aumento que registra su producción mientras su consumo sigue estancado. De continuar el ajuste en Europa y converger con un ajuste a la baja en el oriente asiático, se haría inevitable una recaída económica ahora ya a nivel efectivamente global, superando las fronteras de Europa y EEUU. El ajuste permanente, si bien necesario desde el punto de vista de la burguesía europea y yanqui, en el mediano plazo agrava las tendencias a la crisis, y dificulta la recuperación de la acumulación de capital en dichos países. Un síntoma de este cuadro, está dado por un reciente artículo de un medio como el Financial Times, expresión de la opinión económica de la burguesía concentrada, que plantea que la única estrategia sensata para lidiar con la deuda europea, parte ni más ni menos que de los programas de reestructuración de deuda de Podemos en España y Syriza en Grecia.
¿Y desde abajo cómo lo vemos?
En el caso de los emergentes más poderosos como China y Rusia, el fortalecimiento de sus estados desde arriba y el mejoramiento relativo de la capacidad de consumo de los trabajadores, recortó mucho la formación de alternativas políticas independientes al sistema, aunque la clase obrera china ha desplegado recientemente crecientes niveles de combatividad sindical.
En cambio, en Europa hay una crisis del centro hegemónico partidario socialcristiano-socialdemócrata y de la “alianza de clases” representada por el Estado de Bienestar de posguerra. Ante la extensión de la recesión y el empeoramiento de las condiciones de vida, hay un fortalecimiento de opciones de ultraderecha y de izquierda a la vez. En el caso de Grecia y del Estado Español, los fuertes movimientos de agitación social han hecho aumentar meteóricamente el apoyo electoral a las formaciones de Syriza y Podemos. Ambas formaciones tienen componentes heterogéneos, similares a los diversos sectores que conformaron en su momento el Foro Social Mundial, es decir desde quienes buscan reformar el capitalismo, hasta sectores potencialmente anticapitalistas.
Pero ¿hacia dónde se orientan en este momento estas formaciones? Ambas parecen estar tomando un camino de creciente institucionalización “tradicional” interna y externa, en el sentido de reformar el orden interno del sistema, moderando su origen transgresor y confrontativo. En la determinación de esta orientación, sin duda juega un fuerte rol la correlación de fuerzas internacional, que hoy por hoy parece mostrar sólo dos vías: el neoliberalismo imperialista o un difuso neokeynesianismo y suerte de Estado de Bienestar devaluado que toma aire en el multilateralismo.
En este sentido, se dejan ver señales preocupantes en tanto se intenta desplazar la pluralidad de tendencias y activistas críticos que venían construyendo Podemos, fundamentalmente a los sectores más críticos y rebeldes con el sistema, como por ejemplo Izquierda Anticapitalista. La nueva estructura partidaria que se han dado, ha permitido que en apenas dos meses haya intentos de moderar el programa.
De todas maneras, no podemos afirmar (¡y menos a 10.000 km de distancia!) que todas las cartas ya estén echadas. El proceso de formación de una fuerza social revolucionaria en la Europa periférica será largo y complejo. Seguramente incluirá algún tipo de práctica electoral dentro de esa fuerza, y lo más importante será que esa fuerza vaya aprendiendo por sí misma, se autocritique, vuelva a empezar y confíe en sus propias fuerzas. Dentro y fuera de Podemos hay hoy muchos más sectores anticapitalistas que hace unos años, quienes tendrán ocasión de experimentar diversas formas de ejercicio del poder, que recorran de la democracia directa a las instancia representativas y subviertan a las mismas.
Desde abajo y a la izquierda
En la actual relación de fuerzas internacional desfavorable para lxs trabajadorxs, casi la única fuerza social revolucionaria que llega a disputar el poder estatal es la conformada en Venezuela. Otro caso, como el de la Comuna de Rojave en el Kurdistán, se da más bien como un poder local que aprovecha la crisis hegemónica en Siria y el caos actual del Medio Oriente (crisis que aprovecha aún más el fundamentalista Estado Islámico).
Pero ello no quita que la lucha de clases siga recorriendo y royendo como un topo los cimientos del capitalismo. Es así que aún en las aparentemente peores relaciones de fuerza existan tendencias a la autoorganización popular y el enfrentamiento con el sistema. Los casos disparados por Ayotzinapa en México y Ferguson en EEUU sacan a la luz esas tendencias preexistentes, si bien poco visibles en tanto necesariamente subterráneas. Haremos referencia aquí al “caso Ayotzinapa”.
En México, tras la crisis de la deuda de 1982, la clase dominante decidió intensificar su asociación subordinada al capital financiero de base yanqui. El 1º de enero de 1994 la polarización social dio un salto con el nacimiento simultáneo del TLC con EEUU y la irrupción zapatista. El PRD, nacido de la ruptura con el PRI, mostró a lo largo de estas dos décadas a la centroizquierda como una vía bloqueada, que desplegó en sus gobiernos locales las mismas características de descomposición que las fuerzas políticas tradicionales. Mientras tanto, el nuevo bloque en el poder se entrelazaba paso a paso con el narcotráfico, hecho que lleva a muchos a calificar como Narco-Estado al mexicano. Ante ello, es notoria la crisis de hegemonía que recorre a México en todos sus planos, con un Estado cuyo monopolio legítimo de la fuerza tiene muy puesto en cuestión.
A su vez, la capacidad de generar consenso del Estado, de los partidos políticos del sistema y aún de los grandes medios de comunicación está muy devaluada. En cuanto a la coerción, las fuerzas represivas y judiciales están atravesadas y/o colonizadas por el narco mexicano, con conexiones con el capital yanqui. Si bien estas son fuerzas netamente antipopulares, también es cierto que influyen en poner en cuestión la ligazón orgánica estatal entre el uso de la fuerza y su legitimidad.
Por contraste, existe una fuerte, arraigada y persistente tendencia popular a la autoorganización y el forjamiento de una institucionalidad independiente del sistema. El autogobierno de los caracoles zapatistas, que llevan veinte años de construcción, es la punta del iceberg del ejercicio del autogobierno en buena parte de los sectores campesinos indígenas del país. En Estados como Guerrero, Oaxaca y Michoacán toman la forma de Comunas que tienen desde propiedad y producción comunal hasta policías comunitarias (que responden a la asamblea comunal y no al Estado). El autogobierno visible en instituciones educativas tales como las escuelas rurales normalistas (entre las cuales ha cobrado fama por la masacre la normal Isidro Burgos de Ayotzinapa), son una parte más de una tendencia que recorre todas las dimensiones de la producción y reproducción de la vida.
Esta tendencia existe también en las ciudades y el norte, pero bajo formas más soterradas. Este ritmo desigual dificulta la centralización política de este movimiento, sobre todo porque en las ciudades más grandes y en las industrias, es decir en los sectores socioeconómicos con mayor tendencia a la centralización, es donde la autoorganización viene más retrasada. A su vez, esta realidad genera en muchos de los sectores más activistas una tendencia a adaptarse al autonomismo. Así se provoca que en muchos casos los sectores en lucha ni siquiera se planteen el problema de cómo centralizarse y dar una lucha política unificada contra el Estado, mientras que otros sectores urbanos siguen la vía electoral con el Morena, en forma desligada del movimiento de base.
Pero la desaparición de los 43 de Ayotzinapa ha sido una chispa en pradera seca y ha llegado incluso hasta importantes núcleos mexicanos en EEUU. La consigna de que es un crimen del Estado preanuncia un salto en la conciencia de masas. Por supuesto, dado el nivel de entrelazamiento de la clase dominante mexicana con el capital yanqui, una toma del poder está muy lejos. Pero la tendencia es auspiciosa. De sostenerse, se hará inevitable una medición de fuerzas en corto plazo. Allí se verá la capacidad del movimiento de echar raíces para profundizar en organización popular esta lucha prolongada.
¿Y en nuestro país?
Es claro que la oposición al kirchnerismo tiene un rumbo aún más a la derecha que el mismo. El gobierno por su parte insiste en mantener su capacidad de hacer uso del poder político en forma más o menos independiente del principal bloque de poder en nuestro país (centrado hoy en el Foro de Convergencia Empresarial al que ya hemos hecho referencia en anteriores hojitas). Esto es, en mantener algunas de sus características bonapartistas. No obstante, los problemas impuestos por la crisis económica en el país dificultan este rumbo y le hacen aproximarse en muchos de sus medidas prácticas a la oposición de derecha.
La conformación de una fuerza social revolucionaria en Argentina es todavía embrionaria, pero en los enfrentamientos sociales que le van dando forma se observa una unidad de acción con sectores que no son definida ni conscientemente revolucionarios, pero se acercan a la izquierda a partir de luchas concretas (como en la lucha contra los despidos, en defensa de los perseguidos políticos, en formación de listas antiburocráticas, redes de medios alternativos, luchas de género, ambientales, etc.).
Como hemos señalado en anteriores Hojas de Coyuntura, las tendencias que sostienen la independencia de clase y construyen desde allí alternativas contrahegemónicas son minoritarias, por lo cual nos encontramos en una etapa de acumulación de fuerzas por medio de tareas como la lucha teórica y el trabajo de base antiburocrático, cuestionador de las relaciones sociales capitalistas desde hoy, constructor de relaciones antagónicas prefigurativas y formador del esencial protagonismo popular para un futuro socialismo desde abajo.
En algunos países, como el nuestro, en los últimos veinte años y aún con altibajos, esa acumulación de fuerzas dio lugar a la emergencia de una nueva izquierda, por medio de la consolidación de agrupaciones de base con aquella orientación y su proyección multisectorial, así como también al crecimiento de organizaciones políticas de izquierda y su inserción en la clase. Así llegamos a la situación actual, donde comienzan a plantearse la nacionalización de estas tendencias en sindicatos como el de docentes y los de estatales, así como en movimientos territoriales, estudiantiles, de comunicación alternativa, de género, ambientalistas y más.
Por su parte, la mayor acumulación histórica de las organizaciones trotskistas en nuestro país (teniendo en cuenta la casi aniquilación y disgregación de otras tendencias revolucionarias post 1976), y la centralidad que las mismas le dan a la construcción partidaria y a la lucha electoral, han posicionado a los partidos que forman el FIT como referencia de la izquierda ante las masas.
Si bien la lógica de construcción de estos partidos lleva a una densidad contrahegemónica en muchos aspectos menor a la de la nueva izquierda anticapitalista, de todas maneras venimos experimentando cómo, en los casos en que se produce una inteligencia común entre ambas tendencias de la izquierda anticapitalista, los resultados son productivos. Si bien con numerosas contradicciones causadas por su tendencia al sectarismo y a priorizar en ocasiones la disputa política mutua antes que los espacios de Frente Único, es indudable que las fuerzas del FIT contribuyen a la formación de espacios de protagonismo popular al igual que las fuerzas de la Nueva Izquierda Revolucionaria. Este interés común no quita que ambas tendencias tengamos contradicciones en cuanto a cómo entendemos la formación del poder de lxs trabajadorxs, la importancia en ello de la autoactividad, el tipo de relaciones que pueden sustentarla en el tiempo y proyectarla políticamente sin perder su esencia, etc.
Los frentes entre ambas tendencias han sido más o menos productivos dependiendo de la capacidad mutua de hacer prevalecer aquel interés común, sin desmedro de permitir desplegar el necesario carácter abierto y polémico de esos frentes en los aspectos en que divergimos como tendencias.
En este marco de cierta experiencia frentista (sobre todo a nivel sindical), consideramos desde La Caldera, como parte de la Nueva Izquierda Revolucionaria, que el campo electoral también puede ser terreno de esa indagación confluyente de ambas tendencias.
Le reconocemos al FIT el haber aportado una visibilidad ya olvidada en las masas de la existencia de la izquierda, reubicando con ello, en el imaginario popular, la posibilidad del socialismo. Al mismo tiempo el FIT representa el reclamo de una serie de reivindicaciones sindicales y democráticas del pueblo trabajador, cuya agitación es la principal fuente de atracción del FIT hacia la adhesión de masas. Entendemos que un crecimiento electoral del FIT es positivo en este sentido.
Ahora bien, consideramos que un frente electoral que expresara a las distintas tendencias de izquierda anticapitalista sería superador, en la medida que se resaltara un perfil político menos centrado en cada partido en particular y más abierto a una dinámica participativa y de genuino debate en ese frente. No sería un problema que el FIT y los partidos que lo integran mantengan el perfil que ya tienen, en la medida en que se construya ese todo superador, en el cual debe caber también como otra expresión (así sea minoritaria), el perfil de quienes priorizamos la importancia del protagonismo popular y las formas de democracia directa como medios para impulsar la socialización de los medios de producción.
