Cerrando Filas. Cristina acaba de elegir a Scioli como candidato a presidente. Luego de 12 años, el ciclo kirchnerista no ha modificado la estructura dependiente del capitalismo argentino y no hay signos de que vaya ya siquiera a intentarlo. Todo indica que Scioli continuará con el ajuste (o “sintonía fina”) que viene al menos del 2011. El perfil transversal, progresista, nacional y popular seguirá siendo apenas una pata de una fuerza social neoperonista que asume que no se puede más que renegociar los márgenes de la dependencia.
Con este acuerdo, pareciera que las tradiciones populares fueran una fuerza conservadora que impide toda transformación revolucionaria en nuestro país. Hasta las luchas de los setenta parecen ser apropiadas por ellxs, aún con “Scioli Presidente".
Y sin embargo, se mueve...
Pero si es verdad que los sectores populares de nuestro país mantienen cierta expectativa en el plano electoral con el kirchnerismo, también lo es que el mismo sigue sin echar raíces orgánicas en nuestro pueblo. La vasta y variada organización popular que recorre el país mantiene y ha desarrollado una independencia organizativa de relieve (caso del fuerte y polifacético paro del 9 de junio y caso del multitudinario y multicolor “Ni una menos”) que también lleva dentro suyo tradiciones populares progresivas. Una tradición popular de la que la izquierda revolucionaria forma parte.
Si el estancamiento económico, que viene del 2011 e incluso del 2008, continúa, y el gobierno insiste como parece en “más de lo mismo”, es posible que crecientes sectores empiecen a mirar alguna salida hacia la izquierda. Con la ventaja de que a diferencia del 2001, ahora hay un mayor grado de organización popular y de políticas que avanzan por izquierda, en lo sindical, en género, ambiente, educación, comunicación y mucho más.
A su vez, no debemos perder de vista que la tendencia a buscar una salida de fondo depende también de la relación de fuerzas a nivel internacional, de que haya alternativas visibles por izquierda en otros países y de que se perciba la posibilidad de establecer alianzas con ellos.
Un breve recorrido por algunas regiones del mundo nos muestra cómo se van reabriendo los horizontes que hace pocos años se veían cortos y oscuros.
El viento que agita la pradera…
La lucha kurda. En Medio Oriente ha dado un salto la intensidad y la extensión de sus conflictos ya endémicos, con guerras civiles en Libia, Yemen, Siria, Irak y fuertes crisis en la mayoría del resto de los países de la zona. En definitiva la primavera árabe parece entrar en un rápido otoño. Sin duda en ello ha convergido la falta de alternativas revolucionarias con la fortaleza económica del bastión fundamentalista que es Arabia Saudita y el auge del Estado Islámico (más fundamentalista aún) en las zonas bajo guerra civil.
Ante ello el régimen iraní se alza como una alternativa que gana fuerza en una ancha franja hasta el Mediterráneo. El régimen tiene un peso de masas no despreciable, basado en un planteo conservador y anti imperialista, una importante industrialización y mercado interno y un marco de alianzas cercano con Rusia y China, así como una pragmática búsqueda de acuerdos con Obama. Todo esto deviene en un fortalecimiento iraní contra el que reaccionan en primer lugar Arabia Saudita e Israel.
Este enfrentamiento, aunque sea real, no permite una vía de un protagonismo popular genuino, tal como esbozó la primavera árabe.
Sin embargo en la región del Kurdistán sí se ha comenzado a erigir una alternativa revolucionaria de masas. Un camino revolucionario que incorpora en sí la práctica feminista y ecologista, la convivencia respetuosa entre pueblos, religiones y culturas, bajo el planteo del Confederalismo Democrático que empezamos a conocer.
Este camino muestra tres vías de avance: a) los territorios liberados por la guerrilla del PKK en la montaña; b) las comunas democráticas en el Rojavá (Siria), impulsadas por el PKK pero que son auténticas organizaciones democráticas del conjunto de la población de esa región, incluyendo las milicias y los batallones de mujeres; c) el avance electoral del HDP (Partido Democrático del Pueblo) en toda Turquía, sacando un 75% de los votos en las zonas kurdas y un 13% a nivel de todo el estado turco.
El papel del PKK es fundamental en el impulso de una estrategia global que abarca estas tres grandes formas de lucha, lo cual no implica a priori un carácter autoritario ni dirigista del mismo, ni menos la concepción de partido único, que en cambio rechazan explícitamente. Esta estrategia flexible y compleja tuvo como momento necesario una revisión autocrítica del PKK sobre la experiencia del Socialismo Real, del estalinismo, , del patriarcado, y una apertura a otras visiones.
Notemos que hablamos de una fuerza con decenas de miles de guerrillerxs, la mayor guerrilla del mundo, así como de unas 400.000 personas haciendo la experiencia constructiva en el Rojavá. Una fuerza con casi 7 millones de votos en Turquía y la conducción legal de centenas de municipios en ese país.
Por supuesto, esto amerita una reflexión crítica y en lo posible un mayor conocimiento directo del terreno. Ni hablar que es tan importante hacer visible la experiencia, como evitar las modas que santifican e impiden reflexionar sobre las mismas.
En tal sentido, los mayores interrogantes se nos presentan en torno a lo económico-productivo. La estructura agraria pastoril comercial de pequeña escala predomina en buena parte de las regiones con mayoría kurda, junto con emprendimientos cooperativos impulsados al calor de estas experiencias. Si no se avanza hacia algún tipo de innovaciones productivas a mayor escala, parece difícil pensar como este régimen de comunas puede afianzarse en un rumbo socialista. Otros interrogantes son ideológicos: si bien el Confederalismo Democrático ha sido una herramienta para salirse del exclusivismo étnico e incorporar otras nacionalidades, el planteo “no estatalista” puede introducir alguna confusión ¿No son las comunas de Rojava algo muy parecido a la Comuna de París, es decir, pequeños Estados basados en las milicias populares como instrumento de coerción? Esto es importante al pensar las relaciones con los Estados como Siria: Parece difícil que estas comunas puedan sobrevivir a largo plazo (si se cierra la situación de crisis estatal que les permite existir) a menos que haya una transformación revolucionaria a nivel estatal sirio también. Por otro lado, también aparece un interrogante en torno a la estrategia electoral en Turquía, que se da a través de un partido multiétnico (un acierto) pero cuyo programa es democrático-radical/reformista. Esto puede ser una etapa en una legítima herramienta frentista en tanto la organización partidaria más firme (el PKK) no abandone sus pretensiones revolucionarias; no obstante, falta claridad sobre este punto.
Boicot electoral en México. México viene recorriendo un largo camino de burocratización y neoliberalización de la sociedad, que tiene como contrapartida una crisis hegemónica en primer lugar del régimen del PRI y aliados y en segundo lugar del NAFTA, es decir de la asociación de la burguesía concentrada mexicana al capital yanqui.
Las reservas populares para resistir a este proceso desde dentro del sistema político fue mostrándose más y más impotente, hasta llegar al boicot electoral de comienzos de junio de este año. Menos del 40% del padrón emitió un voto válido, y en vastas regiones diversas organizaciones de base impidieron el voto y quemaron urnas. Esto no es fruto de un enojo pasajero, ni siquiera del odio por los 43 estudiantes desaparecidos en septiembre pasado. Más bien es el resultado de una larga acumulación de fuerzas que dio un primer salto con la insurrección zapatista en 1994, con una extendida experiencia de autoorganización, de organización popular independiente del estado.
En el caso zapatista también se intentó una estrategia de “democratización de la sociedad civil”, apoyándose en aspectos progresivos de la Constitución surgida de la revolución mexicana de hace un siglo. Mediante el reclamo de “diálogo” desarmaron en un primer momento la estrategia represiva del estado mexicano, haciendo emerger la voz de las comunidades indígenas-campesinas en los acuerdos de San Andrés. En ese momento articularon con el PRD, intentando comprometer a este en aquella estrategia democratizadora. Este intento terminó de romperse cuando el PRD “traicionó” a los acuerdos de San Andrés a comienzos del 2000. El zapatismo intentó otras vías de construir una estrategia nacional de cambio antielectoral, pero sin que llegaran a cuajar, con lo cual se recluyeron en lo local, en la construcción de los caracoles o juntas de buen gobierno.
Con o sin coordinación (tal como en el Congreso Nacional Indígena) las experiencias de autogobierno se extendieron en estos años, así como la organización independiente de parte de muchas organizaciones de masas, por ejemplo en la APPO (Asambleas Populares de los Pueblos de Oaxaca). En este marco crecieron por decenas las policías comunitarias, que responden no al estado (ni al narco) sino a las organizaciones comunales.
Sin ahondar aquí, la experiencia kurda y la experiencia del sur mexicano tienen notorias coincidencias en el trasfondo agrario productivo así como en una arraigada democracia de base e integral. A su vez ambas experiencias se enfrentan a gigantes, tales como Arabia Saudita, el EI, Turquía y la OTAN, en un caso, y el estado mexicano y EEUU en el otro. Es claro que el PKK ha tenido una construcción partidaria interna que es una condición de posibilidad de la construcción más amplia actual; mientras que el núcleo revolucionario zapatista no ha encarado esta tarea, como parte de su escaso abordaje del ámbito político general
La Europa del sur: Unión europea. Grecia y el estado español. La Unión europea es un proyecto de construcción de un estado regional que integre a decenas de estados nacionales, bajo la dominación del imperialismo alemán. Al mismo tiempo el capital en estos estados nacionales se encuentra fuertemente imbricado al capital norteamericano. Hay pues un complejo entrecruzamiento de soberanías y diversas fuentes de legitimidad.
El avance del neoliberalismo en Europa, incluso bajo los gobiernos socialdemócratas, ha acentuado el entrelazamiento de los capitales europeos y yanquis. El broche de oro de este proceso es el TTIP (Tratado de integración de la Unión europea con EEUU-Canadá) conformando el mayor mercado regional del mundo y al mismo tiempo erigiendo instituciones con atribuciones estatales controladas por el capital concentrado.
Ante este ataque frontal se presentan dos respuestas estratégicas: una es el intento de un retorno al estado de bienestar, en este caso reforzando el control electoral sobre el parlamento europeo; otra respuesta es la vía de la ruptura pateando el tablero de la globalización neoliberal.
Syriza en Grecia y Podemos en el estado español encabezan la respuesta popular vía elecciones, tras un primer ciclo de luchas sociales 2008-2014. Estas luchas obtuvieron resultados moderados, más cercanos a ablandar la ofensiva capitalista que a tomar la iniciativa con otra política. En el contexto de una creciente deslegitimación de los partidos “neoliberales” de centro derecha o de centro izquierda, se palpó la opción concreta de formar un gobierno que detuviera legalmente esa ofensiva.
La llegada al gobierno de Syriza fue fruto de este proceso y de la capacidad de construcción en ese campo específico de una diversidad de corrientes de izquierda Al mismo tiempo la mayor parte de la militancia de izquierda griega mantuvo un tenaz y enraizado trabajo de base, en la construcción cotidiana de organismos democráticos de masas.
Desde la asunción en febrero de este año al día de hoy, el gobierno de Tsipras (ala moderada eurocomunista de Syriza) viene apostando a una -improbable- vía de negociación, mediante la cual la dirección de la UE les permita una salida al estilo “kirchnerista”, es decir un recorte de la deuda externa, un alargamiento de los plazos de pago y una política tipo neokeynesiana de reactivación económica del empleo, los ingresos y el consumo popular.
Por ahora el regateo ha fortalecido más al FMI y a la UE que a Tsipras, el cual ha ido perdiendo base popular. Pero la prueba de fuego aún no se ha producido. Si bien hay un importante sector pro revolucionario en Syriza encabezado por la Plataforma de Izquierda, que batalla por la vía rupturista, en caso de abrirse esta vía el éxito de la misma dependerá en gran medida de la activación convergente del vasto activismo y organización popular griega. Pero el conflicto ha llegado a un punto en que, aún si la dirección de Syriza capitulara, no puede descartarse un giro de masas a la izquierda junto a sus variadas y fuertes corrientes revolucionarias.
En el caso del estado español la situación es similar, aunque en este caso la socialdemocracia del PSOE no se ha derrumbado y Podemos es un partido en el cual la conducción, más monolítica que en el caso de Syriza, ha moderado su programa incluso antes de haber asumido. El movimiento social es amplio pero menos profundo que en el caso griego, así como las corrientes revolucionarias tienen también en el caso español un menor peso. Todo esto venía preanunciando un dejà vu de la fallida transición española de fines de los setenta, que terminó derivando en la plena subordinación española al bloque occidental, la OTAN, el neoliberalismo, etc.
Los pactos electorales tras las últimas elecciones españolas del 24 de mayo, han marcado la formación de distintos frentes electorales, que agrupan en cada región a fuerzas como Podemos, Izquierda Unida, diversas fuerzas regionales de izquierda y a un amplio activismo, ubicándose como primera minoría en la mayor parte de las grandes ciudades. De todas maneras para alcanzar la mayoría para ser gobierno necesitaban algún pacto o alianza con el PSOE. Estas alianzas finalmente se produjeron, llevando al gobierno en varias regiones al PSOE y en las grandes ciudades a aquellos heterogéneos frentes de izquierda y centroizquierda.
El dato dominante de estas alianzas es una tendencia a una aún mayor socialdemocratización de Podemos, que ha aceptado sin mayor problema alianzas con un partido de la “casta” como el PSOE y del reformismo tradicional de Izquierda Unida, guiados por el pragmatismo parlamentario. Sin embargo, en los frentes que se conformaron en muchas ciudades el elemento predominante no fue el núcleo de Pablo Iglesias, sino un fuerte activismo anticapitalista dentro de Podemos y también más allá de él. A Podemos se le presentan dos grandes opciones para llegar a ser gobierno nacional: a) seguir en el proceso de socialdemocratización en perspectiva de cogobernar con el PSOE (a riesgo además de seguir estancados en la intención de voto); o b) intentar una revitalización vía conformación plural de las candidaturas de unidad popular, en las que el activismo indignado y anticapitalista pueda ser un protagonista genuino del mismo.
Todo da a entender que esta segunda perspectiva es posible, aunque requeriría ir más allá de un frente electoral de izquierda, conformándose como una fuerza política eficientemente organizada, para sostener un camino de ruptura efectiva con la Unión Europea del capital.
América Latina y Argentina. En este momento, el continente está marcado por una situación de fortalecimiento del imperialismo yanqui y sus aliados más cercanos. Los países más abiertamente neoliberales, que se estructuran en base al proyecto de la “Alianza del Pacífico” con tratados de libre comercio en primer lugar con EEUU, son quienes más han crecido económicamente en estos últimos cinco años en Sudamérica, en el marco de proyectos excluyentes y represivos (es decir, con escasa construcción hegemónica desde la burguesía hacia la clase trabajadora y los sectores populares). El malhumor social frente a estos gobiernos no se traduce en descontentos generalizados y luchas sociales; en el caso de Chile, donde un movimiento de estas características (centrado en lo estudiantil) existió en las grandes luchas educativas de hace algunos años, el giro hacia el neoliberalismo “suave” de la Concertación y la integración al mismo del Partido Comunista, ha sido una herramienta importante para aislar a los sectores más combativos y mantener la estabilidad.
A su vez, los llamados gobiernos “progresistas”, en todas partes giran hacia la derecha y aplican planes de ajuste ante las dificultades económicas. Un ejemplo de esto es Brasil, donde el gobierno del PT, por un lado muestra cada vez más su asociación y complicidad con la burguesía concentrada desde los escándalos de corrupción, y por otro aplica un fuerte ajuste en el marco de una recesión notable y una contracción de su industria.
En el mismo sentido, el recambio presidencial en Argentina parece definido por una fórmula de polarización, donde si la alternativa neoliberal dura del macrismo se muestra fuerte, la definición de la fórmula del Frente Para la Victoria parece augurarle a este último una probable victoria. La definición por Scioli clausura todo un ciclo para el kirchnerismo, y muestra cómo en este contexto económico tiende a desaparecer su particular estilo de bonapartismo, limando cualquier arista rupturista. La asunción de políticas favorables a los capitales concentrados no niegan que el kirchnerismo siga intentando conservar y hacer uso de importantes márgenes de iniciativa propia. Mientras siga garantizando la gobernabilidad y que se la lleven en pala, es muy probable que amplias fracciones del capital eviten entrar en un choque frontal con la fuerza política que conforma el kirchnerismo y el peronismo conservador.
Este escenario abre nuevas posibilidades de intervención a la izquierda, que podría incidir en un sector ampliado de la población ante la probable marginalización del costado “progresista” del kirchnerismo en un próximo gobierno y un desarrollo más abierto de sus aspectos represivos.
Pero será muy difícil que los partidos del FIT puedan aprovechar la potencialidad de la izquierda de abordar una política de masas como parte de las mayorías populares. Es indispensable que los sectores de la nueva izquierda anticapitalista vayan elaborando estratégica y programáticamente mayores niveles de unidad en todos los campos de acción en el que las masas se encuentran. Elaboración que por supuesto debe estar siempre abierta a sucesivas reelaboraciones con un creciente protagonismo popular.
Para ello es necesaria una politización consciente y democrática de las organizaciones de base de la clase y las organizaciones de masas en que ellas construyen cotidianamente. Históricamente estas tareas de máxima condensación de fuerza han requerido la asunción de lo que se denominaban tareas y funciones de partido. Es una tarea de todxs realizar un balance de la vasta experiencia histórica de nuestra clase al respecto, para asumir el nuevo ciclo histórico de la lucha de clases que ya ha comenzado.
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26 de Junio: A trece años de la Masacre de Avellaneda.
Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.
Trece años de la masacre del Puente Pueyrredón. Una masacre planificada fríamente por lo más granado del estado argentino: personal político estrechamente ligado a los servicios de inteligencia y las fuerzas represivas y el poder judicial, así como a los grupos económicos locales más concentrados. Esa fuerza social de recomposición del capitalismo local se ha ido reconfigurando bajo la iniciativa del kirchnerismo.
Esto implicó un proyecto de capitalismo más hegemónico, con mayor integración de una base popular. Una parte del movimiento piquetero se integró a esa fuerza social. Sin embargo, al mismo tiempo que se daba ese proceso, buena parte de quienes construíamos en el movimiento piquetero (y en menor medida en el resto del movimiento popular) persistimos en una política de independencia de clase que, en ese sector, se ha reducido en número pero en algunos movimientos ganó en profundidad, arraigo y solidez. De hecho es notorio cómo ha crecido la inserción y actividad de las tendencias de izquierda en los sindicatos y en agrupaciones de género, ambientales, de comunicación alternativa. Es de destacar además que este avance en movimientos populares específicos, se expresa tanto en un mayor peso de la izquierda, como en una conciencia, perspectiva y organización más global e interactiva entre esos diversos movimientos.
Más allá de los altos niveles de acción directa y democracia de base en el 2002, lo cierto es que la articulación de los diversos frentes de lucha era frágil y no llegó a cuajar. La política abstencionista ante la salida electoral de la crisis del gobierno de Duhalde expresó esa fragilidad y esa ausencia de una alternativa política de clase, en contraste con el estado deliberativo de los sectores dominantes, del cual surgió el kirchnerismo como nueva fuerza política.
En cambio el proceso de politización de esta década, si bien tiene un costado más institucionalista, también va facilitando un mayor debate programático estratégico dentro de la izquierda y una mayor inserción de la misma dentro de la clase trabajadora y los sectores populares. Representa un desafío para nuestras organizaciones clasistas seguir acumulando fuerza, construyendo y visibilizando una alternativa social y política de lxs trabajadorxs.




