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19 de diciembre de 2016

La crisis económica y el escenario político en América Latina




En el marco de una crisis económica internacional que aun no encuentra una vía de resolución, la economía latinoamericana de conjunto vuelve a presentar en 2016 el escenario recesivo del año anterior. Se estima una reducción del PBI en torno al 1% que se suma a la retracción de 2015, y estamos ante el cuarto año consecutivo de caída de las exportaciones. Este escenario de contracción es motorizado sobre todo por Venezuela, Brasil, Argentina y Ecuador. 



Más allá de los factores internos en cada país, la situación general responde a la recesión o el estancamiento de las economías avanzadas en el marco de la crisis mundial: de EE.UU. y Europa en un primer momento, a lo que se sumó la desaceleración china en los últimos años. Estos países son los principales compradores de las materias primas producidas en América Latina, por lo que su crisis se tradujo en una disminución de la demanda y el precio de éstas (en particular de los hidrocarburos y los minerales), con múltiples consecuencias para las economías de los distintos países latinoamericanos (déficit de la balanza comercial, escasez de divisas, etc.). 

A esta situación se le suma este año el largamente anunciado aumento de la tasa de interés en EE.UU., que finalmente se concretó este mes al pasar aproximadamente de un 0,25% a un 0,50%. La Reserva Federal había mantenido un nivel bajo de tasa de interés desde el momento en que se desató la crisis. Su objetivo era promover la reactivación económica, disminuyendo la rentabilidad de la inversión financiera y abaratando los créditos para la inversión productiva y el consumo. A medida que se fue consolidando la reactivación de la economía estadounidense se hizo posible empezar a retornar a los niveles de tasa de interés anteriores a la crisis, como forma de contener las tendencias inflacionarias propias de las fases de reactivación (a través de la reducción del dinero circulante). En ese marco se espera que la Reserva Federal siga aumentando de manera gradual el nivel de la tasa de interés, tendencia que se verá acentuada si Donald Trump efectivamente realiza su programa de estímulos económicos y desarrollo de infraestructura que aceleraría el proceso inflacionario. 

Esta medida de la Reserva Federal puede tener profundos efectos sobre las economías latinoamericanas. En primer lugar, desalentará las inversiones en estos países, ya que será más rentable depositar el capital en el sistema financiero de EE.UU. En segundo lugar, para contrarrestar la fuga de depósitos los otros países tenderán a subir sus propias tasas de interés, lo que tendrá un efecto recesivo generalizado. En tercer lugar, esto último producirá un encarecimiento del financiamiento externo, del que dependen muchos gobiernos (como el de Argentina) para no impulsar medidas más drásticas de ajuste. Finalmente, el precio de las materias primas tenderá a caer por el fortalecimiento del dólar y la recesión. Para comprender lo severo que podrían ser estos efectos vale recordar que una medida similar (aunque más abrupta) de la Reserva Federal a comienzos de los años 80 produjo una crisis en América Latina que signó esa década.

En términos políticos esta crisis puede tener efectos contradictorios. Lo que se ha verificado en los últimos dos años es el agotamiento del modelo progresista que se había montado sobre el boom de las commodities para desarrollar una política redistributiva con distintos niveles de concesiones al pueblo trabajador según el caso. Esto se ha expresado en un giro a la derecha a favor de las fuerzas partidarias de un ajuste más severo contra el pueblo trabajador. Los casos más importantes son el de Brasil, en el marco de una crisis económica de magnitud y por medio de un golpe parlamentario, y el de Argentina, a través de una transición más ordenada y gradual.

Este cambio de panorama ha trastocado el mapa político de la región. El gobierno de Venezuela todavía resiste el recambio político pese a la magnitud del colapso económico. Sin embargo, se encuentra cada vez más aislado. Los nuevos gobiernos de derecha en el Mercosur han resuelto expulsarla del bloque. Cuba, también aislada ante la crisis de Venezuela, se ve  obligada a hacer concesiones para una restauración capitalista en la isla. 

Sin embargo, en la medida en que la crisis no tiene una perspectiva de resolución inmediata, la situación de los nuevos gobiernos es sumamente precaria. En el caso de Argentina, las inversiones no llegan, el gobierno no ha logrado reducir el déficit fiscal y la inflación ha agotado la ventaja competitiva de la devaluación de diciembre de 2015, lo que complica la capacidad del gobierno de estabilizar la situación y consolidarse en el poder. En Brasil hay una situación similar, en el marco de un ajuste mucho más severo y un gobierno con mucha menor legitimidad por su origen golpista. Esta situación endeble ha sido propicia para las intervenciones “mediadoras” del Papa Francisco, en el pacto social de Argentina, la pacificación de Venezuela y la bendición del acuerdo de paz en Colombia, perfilando a nivel continental una fuerza popular conservadora, bajo su tutela, que negocia con la “nueva” derecha latinoamericana, garantizando gobernabilidad y aislando los elementos más radicalizados de las experiencias progresistas, al tiempo que se consolida como alternativa de poder ante un eventual recrudecimiento de la crisis. 

Como síntesis general se puede decir que si bien la crisis internacional inauguró un cambio de etapa en la región, estamos todavía en un momento de transición, donde las nuevas derechas no han logrado estabilizar la situación, dejando abierto aún el signo que caracterizará esta nueva etapa. En este marco, la izquierda debe intervenir decididamente en las luchas abiertas por este escenario y en la política de masas ofreciendo una alternativa socialista y feminista, para canalizar políticamente esas luchas, evitando que ante un colapso de la derecha se reediten las salidas progresistas que condujeron a la crisis. 



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