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26 de junio de 2018

El caso de las cárceles en Brasil


Rita Segato realiza en las cárceles de Brasil entrevistas con detenidos condenados por violaciones cruentas, es decir violaciones que más allá de ser cometidas por una persona conocida o desconocida responde a algunas de las características propias de la violación estereotipada y que en principio resultaría absolutamente identificable. En estos casos explica que a estos detenido “no les resultaba del todo claro que estaban cometiendo un delito al momento de perpetrar” (2006, p. 28). La autora explica que este es el delito con menor representación cuantitativa entre los delitos de violencia sexual (2006:22), sin embargo es el más recurrente simbólicamente, y aún en estos casos los agresores no lo entienden como delito en el momento de cometerlo.
En este sentido es interesante recuperar lo que plantea Despentes en su libro Teoría King Kong sobre una violación sufrida por ella: “Mientras ocurre ellos hacen como si no supieran exactamente qué está pasando. Como llevamos minifalda, como tenemos una el pelo verde y la otra naranja, sin duda, «follamos como perras», así que la violación que se está cometiendo no es tal cosa. Como en la mayoría de las violaciones, imagino. Imagino que, después, ninguno de esos tres tipos se identifica como violador. Puesto que lo que han hecho es otra cosa. Tres con un fusil contra dos chicas a las que han pegado hasta hacerles sangrar: no es una violación. La prueba: si verdaderamente hubiéramos querido que no nos violaran, habríamos preferido morir, o habríamos conseguido matarlos. Desde el punto de vista de los agresores, se las arreglan para creer que si ellas sobreviven es que la cosa no les disgustaba tanto”. (2007:30).
Esto resulta interesante en un doble sentido, por un lado esta banalización de la violencia o incluso falta de conciencia que hemos mencionado con anterioridad, pero por el otro también por el mandato sobre la víctima que se construye para la violación y a posteriori. Para ser una víctima en todos los aspectos ellas debieron haber preferido morir, sino la cosa no les disgustaba tanto, o de hecho en otras palabras “un poco les gustaba”. Acá nuevamente puede verse los difusos límites de la agresión sexual, de algún modo todas las prácticas sexuales son vistas como agresivas o de supremacía del varón, entonces, el reverso de eso es que incluso las agresiones sexuales más explícitas, la violación, puede “gustar” a quién es víctima de eso; tanto como puede gustarle una práctica sexual libremente consentida.
Finalmente la cultura de la violación funciona como un ordenador de conductas a nivel social, quien fue violada debe demostrar permanentemente con las consecuencias que la agresión haya tenido sobre su subjetividad, que hubiera preferido morir. La contracara es que las mujeres deben vivir con miedo a ser violadas, esto genera y ordena toda una serie de actos en términos de “prevención” (siempre en relación al estereotipo de violador y no a violaciones ocurridas dentro del hogar en con otros parámetros), es decir vestir de un determinado modo, no caminar sola por algunos lugares o a algunas horas, no “ponerse en riesgo” lo cual termina nuevamente poniendo la responsabilidad del lado de la víctima (quien fue violada posiblemente se haya puesto en riesgo) y no del agresor. Es en este sentido que Segato se refiere a “crímenes de poder”, de confirmación de un sistema de ordenamiento de las relaciones vigente.

Continuar aquí El caso de La Manada, un análisis posible.

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